Te despertás con hambre en medio de la siesta.
La composición de lugar es esta: La heladera parece la de alguien que está haciendo una dieta estricta y sin sentido. Hace un calor insoportable, dentro y fuera del hogar, lo que imposibilita una salida a buscar víveres. Tu pareja está durmiendo una siesta y uno no osaría despertarla para que le cocine algo sabiendo el carácter que denota en tal situación. Tampoco tenés ganas de cocinarte algo.
Cuando ya estás mirando con cariño (y apetito) la comida de la gata, reparás en un taper medio gastado. En su interior relucen unas frutillas peladas y cortadas, incitadoras.
No lo pensás dos veces. Le das a las rojas como si no hubieras probado bocado en tres días, cuatro.
Ya saciado, ubicás el resto en su lugar primigenio y te retirás a tu sector a ver si podés dibujar algo, que para eso te pagan.
A la hora, tu mina se levanta y, luego de pasar por el baño, va hacia la cocina. Es ahí donde escuchás el alarido: “¡¿Quién se comió las frutillas?!”. Claro, los únicos que viven en el depto son ustedes dos, por lo que, deduciendo rápidamente, si no fue ella la manducadora, obviamente el depredador fuiste vos.
Tu hembra se acerca con la cara desencajada y, mostrándote el recipiente semivacío, se da el siguiente diálogo:
Diálogo I
- Bichi, te comiste las frutillas…
- Uy, bebé… Perdoná, me agarró hambre.
- Pero yo las tenía para hacerte mermelada…
- ¿En serio?
- Chi.
- Bueno, no te preocupés, amor. Ya mismo salgo a comprarte todas las frutillas que quieras.
- Pero hace mucho calor, mi vida.
- No importa. Es más, después te ayudo a limpiarlas y pelarlas.
- Ay, que divino sos… De paso, ¿podés comprar lavandina que no hay más?
- Claro, osito. ¿Qué me hace traer una cosa más?
- Sos un tesoro. Ah, también hace falta sal, vinagre, una esponja, crema de leche y azúcar.
- Ehhh… je… bueno, compro. Me voy, cosita.
- Chau amor. No te olvidés de las toallitas para mí.
- Si… claro… ok.
Diálogo II
- Che, bolas tristes, te comiste las frutillas.
- Uy bebé… Perdoná, me agarró hambre.
- ¿Ah, si? Bueno, ahora vas a tener que ir a comprar más.
- Pero, mi vida, hace un calor de cagarse.
- ¡Jodete, pelotudo! Las estuve pelando en la mañana para hacerme un licuado y ahora venís vos y te las morfás como si nada.
- Pero no quería molestarte para que me cocinaras…
- ¿Me viste cara de cocinera, nabo? Te hubieras cocinado vos, ¿o tu mamita no te enseñó?
- Mirá, con mi mamá…
- ¡Las pelotas! Ya mismo me vas a comprar las frutillas, además de un par de cosas más, que hacen falta. Ah, y vos te vas a encargar de limpiarlas y pelarlas, porque no me vas a tomar de gila, ¿entendiste?
- Si querida.
Dialogo III
- Hey, te comiste las frutillas.
- Si, ¿y?
- Nada, que yo las tenía para hacerme un licuado y, si sobraba, mermelada.
- Repito, ¿y?
- ¡Qué vas a tener que comprarme más!
- Cuchame, pedazo de bondiola. Si me las morfé fue porque no había una garcha para comer y antes que despertarte a vos y me contestés con cara de orto preferí tragar lo que sea y que fuera más rico que la cagada de lo que vos decís cocinar que hasta mi vieja hemipléjica cocina mejor que vos a la que el café con leche le sale quemado y se cree que es una chef porque un día un pelotudo que te quería garchar te dijo que tu tuco era una locura cuando no es más que agua roja con cachos de cebolla flotando y que las manos para cocinar únicamente las movés para llamar al deliveri porque…
Elegí tu final, si sos Macho.