miércoles 4 de febrero de 2009

GARCHACIONES

Bien señores, todo concluye al fin, nada puede escapar, todo tiene un final, todo termina.
Machos se toma garchaciones hasta que podamos y se nos cante.
Nuestros objetivos han sido realizados: sentamos precedentes y nos levantamos a unas minitas.
Bueno, lo primero más o menos, pero con lo segundo alcanza.
De todas formas, nos estamos viendo en nuestros respectivos blogs, donde, eventualmente, seguiremos con nuestra prédica machística.
Hasta más ver.

martes 27 de enero de 2009

Misterio indescifrable

Hay muchos misterios en la vida humana, cosas que no se pueden resolver, o su enigma solo logra comprenderse tras arduas investigaciones científicas o meditaciones filosóficas. Como por ejemplo, si la mujer es un ser humano, si por lo tanto, debe tener derechos, si está capacitada para hacer otras cosas además de las tareas del hogar, etc.

Pero el misterio que nos devela por años, qué digo años, por los siglos de los siglos, es el de por qué las minas son tan rencorosas y despechadas. A modo de ilustración, todos sabemos que para un hombre algo ideal luego de terminar una relación sería poder seguir viéndose con su ex (haya sido novia, pareja, esposa, amante o cualquier otra etiqueta que se le quiera poner), sobre todo porque ya no hay compromiso, entonces se gozan de los beneficios sexuales pero sin que te rompan las tarlipes, porque ya no está la obligación de nada, de ninguna de las dos partes.

En cambio, para la mujer es todo lo contrario. Si una relación se terminó, y si, peor, la terminó el hombre, el ex en cuestión no solo será repudiado por la fémina, sino que pasará a ser un extraño al que si se lo cruza por la calle no se lo saludará. Y lo que nadie puede explicar es el por qué de semejante cambio de actitud para con alguien que te ha conocido cada centímetro de su cuerpo, nadie lo sabe, y además hay más situaciones similares.

Cuadro de situación, mujer interesada en un hombre, hombre que ya tiene o una mina mejor, o varias, o tiene otros compromisos y obligaciones. El tipo se niega (pero se niega momentáneamente, eso hay que entender), y la mina le hace la cruz, no le habla, o habla mal de él a sus espaldas, o se pone más linda y coquetea con otros, y siempre trata de llamar la atención de ese tipo, pero cuando la obtiene, lo rechaza, ¿Con qué objetivo? Nadie lo sabe ni lo sabrá. Para qué ponés todo el empeño en levantarte a alguien que vas a rechazar.

El macho actúa al revés, si una mina te rechazó mala suerte, a otra cosa mariposa, ya vendrá al pie, y si viene le da para que tenga. La mujer, así, por rencorosa, se pierde grandes polvos, porque los polvos entre ex pueden llegar a ser los mejores, sin presiones, sin compromisos, sin rotura de pelotas. Además, si hubo una relación es porque hubo amor, y si ya no lo hay lo mejor es tomar caminos separados, lo que no quita el poder ponerla.

Otro ejemplo que se me viene a la cabeza es de edades más tempranas (demostrando que estos bichos son jodidos desde que nacen), cuando dos adolescentes salen y el muchacho en cuestión deja a la muchacha, ésta o le cortá el rostro totalmente, o intenta salir con un amigo de su ex (cosa verdaderamente jodida, y más vale tener la suerte de contar con buenos amigos), o intenta pedirle al pibe salir nuevamente pero para que esta vez ella termine la relación, y lo más pronto posible. ¿No ven? Son complicadas, para qué hacen eso, tanta parafernalia al dope se pregunta el hombre.

No sé ustedes, pero esto me supera ampliamente, porque carece de lógica. Tal vez la razón de esto sea porque las mujeres carecen de lógica, porque son jodidas por naturaleza o tienen en mente la dominación del mundo (ah, no, estas cosas las digo en el otro blog, perdón : P). En fin, misterio sin resolver…

miércoles 21 de enero de 2009

¡ELIGE EL FINAL DE TU AVENTURA!

Te despertás con hambre en medio de la siesta.
La composición de lugar es esta: La heladera parece la de alguien que está haciendo una dieta estricta y sin sentido. Hace un calor insoportable, dentro y fuera del hogar, lo que imposibilita una salida a buscar víveres. Tu pareja está durmiendo una siesta y uno no osaría despertarla para que le cocine algo sabiendo el carácter que denota en tal situación. Tampoco tenés ganas de cocinarte algo.
Cuando ya estás mirando con cariño (y apetito) la comida de la gata, reparás en un taper medio gastado. En su interior relucen unas frutillas peladas y cortadas, incitadoras.
No lo pensás dos veces. Le das a las rojas como si no hubieras probado bocado en tres días, cuatro.
Ya saciado, ubicás el resto en su lugar primigenio y te retirás a tu sector a ver si podés dibujar algo, que para eso te pagan.
A la hora, tu mina se levanta y, luego de pasar por el baño, va hacia la cocina. Es ahí donde escuchás el alarido: “¡¿Quién se comió las frutillas?!”. Claro, los únicos que viven en el depto son ustedes dos, por lo que, deduciendo rápidamente, si no fue ella la manducadora, obviamente el depredador fuiste vos.
Tu hembra se acerca con la cara desencajada y, mostrándote el recipiente semivacío, se da el siguiente diálogo:

Diálogo I
- Bichi, te comiste las frutillas…
- Uy, bebé… Perdoná, me agarró hambre.
- Pero yo las tenía para hacerte mermelada…
- ¿En serio?
- Chi.
- Bueno, no te preocupés, amor. Ya mismo salgo a comprarte todas las frutillas que quieras.
- Pero hace mucho calor, mi vida.
- No importa. Es más, después te ayudo a limpiarlas y pelarlas.
- Ay, que divino sos… De paso, ¿podés comprar lavandina que no hay más?
- Claro, osito. ¿Qué me hace traer una cosa más?
- Sos un tesoro. Ah, también hace falta sal, vinagre, una esponja, crema de leche y azúcar.
- Ehhh… je… bueno, compro. Me voy, cosita.
- Chau amor. No te olvidés de las toallitas para mí.
- Si… claro… ok.

Diálogo II
- Che, bolas tristes, te comiste las frutillas.
- Uy bebé… Perdoná, me agarró hambre.
- ¿Ah, si? Bueno, ahora vas a tener que ir a comprar más.
- Pero, mi vida, hace un calor de cagarse.
- ¡Jodete, pelotudo! Las estuve pelando en la mañana para hacerme un licuado y ahora venís vos y te las morfás como si nada.
- Pero no quería molestarte para que me cocinaras…
- ¿Me viste cara de cocinera, nabo? Te hubieras cocinado vos, ¿o tu mamita no te enseñó?
- Mirá, con mi mamá…
- ¡Las pelotas! Ya mismo me vas a comprar las frutillas, además de un par de cosas más, que hacen falta. Ah, y vos te vas a encargar de limpiarlas y pelarlas, porque no me vas a tomar de gila, ¿entendiste?
- Si querida.

Dialogo III
- Hey, te comiste las frutillas.
- Si, ¿y?
- Nada, que yo las tenía para hacerme un licuado y, si sobraba, mermelada.
- Repito, ¿y?
- ¡Qué vas a tener que comprarme más!
- Cuchame, pedazo de bondiola. Si me las morfé fue porque no había una garcha para comer y antes que despertarte a vos y me contestés con cara de orto preferí tragar lo que sea y que fuera más rico que la cagada de lo que vos decís cocinar que hasta mi vieja hemipléjica cocina mejor que vos a la que el café con leche le sale quemado y se cree que es una chef porque un día un pelotudo que te quería garchar te dijo que tu tuco era una locura cuando no es más que agua roja con cachos de cebolla flotando y que las manos para cocinar únicamente las movés para llamar al deliveri porque…

Elegí tu final, si sos Macho.

viernes 16 de enero de 2009

¿Y nosotros qué somos?

Siguiendo con el tema de las preguntas fatales, porque las mujeres tienen miles de preguntas que respondas lo que respondas todo va a estar mal, es hora de mencionar la segunda en la lista de las peores (la primera es la de ¿Vos me amás?). Me refiero a la fatídica “¿Y nosotros qué somos?”.

Cuando una relación empieza todo es idílico, el otro es un ser cuasi perfecto, idealizado al máximo. Todo muy lindo sí, pero eso dura poco. Tiempo más, tiempo menos, a veces solo un mes, a veces pueden pasar tres meses, hasta un año, o más, pero la pregunta llega, y con eso se va todo lo lindo.

Están los dos tranquilos, son dos seres inmutables, el paso del tiempo les parce algo lejano, solo viven el ahora, porque es un momento perfecto. Hasta que ella lo arruina todo y dice, sin avisar ni nada, sin vaselina, de una, ¿Y nosotros qué somos? Y ya está, cagaste.

No hay respuesta que valga ahí, digas lo que digas se acabó todo. Y no la vas a poder remar, porque tampoco podés tomarte todo el tiempo del mundo para pensarla, porque sino respondés es que como que no querés ser nada con ella, y ahí peor.

En fin, tampoco la podés zafar con chistes malos, tipo, el de la propaganda, “qué somos, somos tiburones”, porque además de malo el chiste hacés el ridículo por semejante imprudencia, ya que te están preguntando en serio y quieren una respuesta en serio, sino vana pensar que les estás tomando el pelo o que no querés ser nada (sí, todos los caminos conducen a Roma).

Y no intentés remarla con eufemismos, digresiones, divagues, o intentos filosóficos, si te hacen esa pregunta es tu fin, sabelo. Porque podés decir lo que sea, “somos dos personas que se quieren y la pasan bien cuando están juntos…” y demás guitarreo, pero no, nada de sutilezas se puede en este caso, porque en seguida viene la repregunta, “Sí, pero qué más somos”.

Y no cometas el error de decir nada, ese desatino es garrafal. La respuesta esperada es una sola. Y si no la querés dar, también cagaste. Es así. Das la respuesta deseada, y la vas a seguir poniendo, que si dijiste que sí es porque ese era tu objetivo, pero ni tanto ni como antes, y con más reclamos, exigencias y cagadas a pedo. Y si dijiste que no, chau, olvidate de seguir poniéndola con esa mina, o si tenés suerte (es decir, la pusiste bien) muy esporádicamente y con mucho histeriqueo. Es así, la cruda realidad, y la vida se transforma en un “crea tu propia aventura”, y uno elige, que te rompan las pelotas y ponerla todos los días o buscar que no te las rompan (imposible) y ponerla menos seguido, y entonces ir esquivando y esquivando dicha pregunta una y otra vez.

lunes 12 de enero de 2009

¿Amar o Querer?

- ¿Vos me amás?
La pregunta me sobresaltó, justo en el momento en que sentía dormirme. Estaba mirando por TNT una peli pedorra y Moni se hallaba a mi lado, acurrucada.
Era riesgoso no tener una respuesta rápida, por lo que dije:
- Claro nena, si sabés que te quiero un montón.
Se incorporó sobre el brazo derecho y me espetó:
- ¡Te pregunto si me amás, no si me querés!
- Si es lo mismo –alcancé a decir.
Su cara ya era un cúmulo de chispas.
- ¡No es lo mismo! Podés querer a un perro, una comida, que se yo… pero a una persona se la ama. Y vos nunca me decís que me amas.
- Es que los hombres no hablamos así –intenté argumentar.
- ¿Ah no? ¿Por? ¿Tenés miedo de que crean que sos puto si hablás asi?
- No, ¿qué decís? Nada que ver. Acá decimos “te quiero”, y eso quiere decir mucho. “te amo” lo dicen en las pelis o las novelas.
- Yo digo “te amo”.
- Si, pero vos sos mina.
- ¿Y cuál es el problema si lo decís? ¿Te pensás que podés comprometerte demasiado?
- Pero corazón, ¿te parece que no tengo un compromiso con vos? Estoy acá, ¿no?
- Si, pero a lo mejor tu sentimiento por mi llega a un “te quiero” y no a un “te amo”.
- Insisto, es lo mismo. Yo no te digo “te amo” no porque no sienta eso, sino porque no es la forma usual de expresarnos. Por ejemplo, no digo nevera, sino heladera, por más que las pelis nos ametrallen con esa manera de hablar. Ni a mis hijos les digo que los amo, pero eso no quiere decir que no tenga ese sentimiento hacia ellos.
- ¿Y a tus otras minas les decís “te amo”? Si, no me mirés con esa cara.
- Mirá loca, no le digo “te amo” a nadie, ¿estamos?
- Pero ellas a vos si.
- ¿De dónde sacaste eso?
- De un mensaje de texto de una de tus putas en tu celular, que leí cuando fuiste al baño hace un rato.
- ¿Y qué tenés que andar leyendo vos? ¡Son cosas mías! Aparte nadie pudo haberme escrito eso –dije ofuscado.
Cuando quise manotear mi celular, una leve parálisis me lo impidió. Me sentía sin fuerza, como atornillado al colchón.
- Che, ¿qué me pasa? Me siento para el orto.
Alcancé a girar la cabeza con dificultad y vi, horrorizado, que Moni blandía una trincheta, rubricando el gesto con una sonrisa poco auspiciosa. La lata de cerveza que se ofreció a traerme debió tener algo que me impedía mover.
- Ahora vas a ver como te quito las ganas de andar jodiéndome -dijo apuntando la ocasional arma hacia mis genitales.
- Pará, ¿qué hacés?.. No jodás… Moni… no…
Pero la desquiciada seguía resuelta a llevar a cabo su castrante plan. Solo quedaba una cosa por decir:
- Moni… yo… te… te amo.
Lanzó una carcajada.
- ¿Ah si? Mirá vos. Pero ya es tarde, cagaste.
La guacha iba a hacerlo y nada podía hacer yo por impedirlo, solo gritar:
- Noooooo.
Y me desperté.

Moni me sacude por los hombros.
- ¿Qué pasa, amor? Tuviste una pesadilla, ¿estás mejor?
Todo transpirado la miro unos segundos y compruebo que todo está en orden, que ha sido un mal sueño. Me relajo y apoyo nuevamente la cabeza en la almohada, tranquilizándola.
Al momento, Moni se abraza a mi pecho y pregunta:
- ¿Vos me amás?
Ay, Dios.

miércoles 7 de enero de 2009

Cuestión de imagen

Sabemos que al hombre no le importa en absoluto la imagen o el qué dirán. Sin embargo, la mujer vive atada a lo que le digan los demás, pendiente de qué opinarán sobre ella. A qué se debe esta abismal diferencia entre los géneros. Dado que la imagen es algo importante, pues a veces no se vuelve de lo que le dicen a uno, si te tildan y te estigmatizan, rara vez puedas ser aceptado socialmente. La respuesta es simple, la diferencia radica en que el hombre es un ser superior.

“¿Por qué?”, me dirán, o, “¡Qué machista!”. En absoluto, mi conclusión se debe a una corroboración científica. Buscando, desclasificando archivos, leyendo, investigando y demás cosas que jamás podría hacer una mujer encontré las causas de esta diferencia. Y es muy simple la cuestión. El hombre se ha encargado de que así sean las cosas. Ante determinada situación ha impuesto su visión y ha llenado de frases descalificatorias contra el sexo opuesto y enaltecedoras para su género.

Por ejemplo, el típico caso de que si un hombre sale con muchas minas es un dandy, un winner, un campeón, mientras que la mujer es condenada al ostracismo (luego les explico esta palabra chicas). Pero no solo eso, el hombre es tan inteligente que ha logrado esto con la herramienta más eficaz jamás encontrada, lo ha hecho desde el humor. Y he aquí mi hallazgo, ¿Cuántos chistes contra hombres mujeriegos existen? Ninguno, de hecho hay canciones, odas y exaltaciones a los piratas. En cambio, las mujeres no corren la misma suerte (bueno, porque nos hemos encargado bien de eso). Sino observen las cosas que se dicen de una fémina que osa tener tantas relaciones como debe tener un hombre. De una mina que sale con muchos tipos se puede decir:

_ Tiene más puestas que el sol;

_ Tiene más noches que la luna;

_Tiene más agachadas que japonés con visita;

_ Ve más pitos que árbitro coleccionista;

_ Cambia de novio como de bombacha;

_ Más arrastradas que soldado cuerpo tierra…

La lista sigue ad infinitum, en cambio del hombre no hay nada. ¡Qué fenómenos!

viernes 2 de enero de 2009

MENTIME, QUE ME GUSTA

Muchas personas estiman que hay ciertos aspectos que deben quedar bien claros en una relación. Se encargan de enfatizarlos y de incluirlos en la agenda sentimental, para que no queden olvidados y descartados. Uno de esos tópicos es el de la sinceridad."Odio las mentiras". Tanto hombres como mujeres expresan esta máxima (de hecho, son las damas quienes más lo utilizan), como estableciendo una norma de hierro, algo que funcionaría como piedra basal de la convivencia. En primer lugar, ¿existe alguien que ame las mentiras? ¿Hay algún ser que sea feliz cuando lo engañan? ¿No es sumamente obvio e implícito el hecho de que nadie, pero nadie, se siente bien si lo están engatusando? Es como decir: "odio no respirar". Mirá vos y, ¿quién no?
Pero aquí no termina el tema. Porque, si hay consenso, entonces la verdad afloraría en cada encuentro, en cada gesto, en cada charla. Veamos entonces como se daría un caso:
Una mujer, llamémosla Ana, de más 40 años, separada hace unos años, todavía atractiva, independiente, conoce a Roberto, de más o menos su edad, de buen ver, quien le manifestó un estado civil incierto (típico) y con horarios un tanto criticables. Llegado el punto en que Ana considera afianzar la relación, le espeta:
- Roberto, sabés muy bien que "odio las mentiras". Por eso quiero que hagás un examen de conciencia y, respetando nuestro acuerdo y por lo tanto a mí, me digás toda la verdad con respecto a nosotros. Sabré escuchar y aceptar lo que manifestés, sea del tenor que sea.
El hombre se queda pensativo, como tomando impulso y, asintiendo con un gesto de su cabeza, dice:
- Bien, Ana. A pesar de que ando mal con mi mujer, no estamos separados. Cuando te conocí, andaba atrás de otra mujer. Como no me dio bola, te escogí a vos. Me caés bien, pero a veces resultás insoportable con tus obsesiones. No sos fea, pero tu atractivo ha menguado y hay ciertos sectores de tu cuerpo que necesitarían un retoque estético, cuando no un mejoramiento deportivo. En ocasiones sos elegante, pero descuidada en tu persona en más de una oportunidad. Tu cultura deja mucho que desear y tenés ciertos modismos que, si tuviera una actitud más seria y comprometida con vos, me encargaría de mejorar. En cuanto al sexo, aunque lo disfruto, creo que podrías hacerlo mejor si te esforzaras. Por lo demás, está todo ok.
Dicho esto, continúa mirando la televisión.
Ana, cuando sale de su asombro y puede cerrar su apenas entreabierta boca, lo mira un buen rato, con ojos inyectados en sangre. Entonces, se arrima a Roberto, apoya su cabeza en el hombro de él y apenas audible, le murmura:
- Si querés, mentime un cachito, no me ofendo.